Ya no recuerdo todos los momentos en los que he sentido a la muerte de cerca, muy cerca, entrando por mis oídos, por mis ojos o mi olfato, paralizándome. Llega a mi boca y sabe agria, me seca la lengua y la siento salir desde el estómago, pasar por el esófago y llegar a la boca totalmente ácida, no sé por qué no me ha manchado los dientes.
La muerte chiquita no mata completamente, sólo te parte de tal forma que ves diferentes realidades: la que sientes, la que imaginas, la que bloqueas, la que quieres borrar pero que no se va. Me ha matado tantas veces que la acepto como parte de mí y como parte de la relación dialéctica que tiene con la vida. Una no puede vivir sin la otra. La muerte, aquella simbólica, da paso a la pulsión de vida que se recrea para inventar una nueva realidad, otra, la que sea, la urgente.
Lo peor de la muerte chiquita es cuando te matan inesperadamente, sin saberlo ni tú ni el propio asesino, el que te deja con la sangre, las vísceras de fuera, los brazos rotos, las piernas inmóviles y, sin embargo, tu cuerpo está intacto como cuando estabas vivo y sólo la sientes agria en la boca, te seca la lengua, te moja los ojos, te quema el estómago y te mata, y no eres real pero sí lo eres.
Cuando te mueres, sólo deseas que la muerte pase, pero no pasa, se queda, te quema, te duele y te mata más.
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