lunes, 21 de julio de 2008

De la Verdad a la multiplicidad de sentido: una reflexión a partir del orden del discurso de Michel Foucault

Este escrito presenta la reflexión que hago sobre la obra El orden del discurso de Michel Foucault. No pretendo hacer una crítica ni al pensamiento del autor ni al estructuralismo, ni a la hermenéutica. Simplemente quiero mostrar algunas ideas que surgieron en mí a partir de la lectura del texto.

El conocimiento que vale, el conocimiento que no

En las sociedades existe un “orden” un proceder en el que se regulan las formas de actuar, de pensar, de vivir, de ser, un discurso que tiene por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad.[1] Este discurso tiene el poder de prohibir, de rechazar y de excluir, de separar entre lo que es verdadero y es falso, lo que es válido y no lo es, un discurso que homogeiniza y que no reconoce la diversidad de pensamiento, o por lo menos no lo considera válido.

No obstante, los seres humanos nos caracterizamos por ser diferentes, por tener diversas perspectivas de las cosas que nos rodean, de los acontecimientos que nos pasan. Estamos condicionados por el contexto en el que nos desarrollamos y de esta manera el conocimiento que se genera es diferente también.

Un discurso que dictamina que un conocimiento es más válido que otro supone que el conocimiento está ahí a priori y que el hombre lo único que tiene que hacer es utilizar los métodos “correctos” para ser poseedor de él. Pero, esto excluye todo aquel conocimiento que no es obtenido a través del método reconocido como válido y asumido como el que “debe ser”, por lo que todo conocimiento obtenido por otros métodos es tradición, es entretenimiento, pero no es un “conocimiento científico”.

Así, existe un conocimiento más valioso que otro, un discurso que determina qué vale y que no. Como apunta Foucault, las grandes mutaciones científicas quizá puedan a veces leerse como consecuencias de un descubrimiento, pero pueden leerse también como aparición de formas nuevas de la voluntad de verdad. Decir que es verdadero y que no, que tiene valía y que no depende entonces del contexto histórico en el que la “verdad” es descubierta.

Un ejemplo del conocimiento que vale y el que no son las disciplinas, una proposición debe cumplir complejas y graves exigencias para poder pertenecer al conjunto de una disciplina; antes de poder ser llamada verdadera o falsa debe estar en la verdad. Las disciplinas al estar llenas de presupuestos, proposiciones, y explicaciones consideran la incorporación de un nuevo conocimiento sólo si cumple con sus reglas, con el orden del discurso (selección y clasificación) para formar parte de ella.

El texto y la multiplicidad de sentidos

Una sola y misma obra literaria puede dar lugar simultáneamente a tipos de discursos muy diferentes. Contrario a la voluntad de verdad y al poder de un discurso y un orden que clasifica lo que es válido y lo que no, existe lo que Foucault llama el comentario referente a decir lo que ya estaba articulado silenciosamente, decir por primera vez aquello que sin embargo había sido ya dicho.

En este sentido, el texto posibilita la multiplicidad de discursos, de significados, tantos como el propio texto sea reconstruido por alguien más. De esta manera, existirán múltiples interpretaciones sobre un mismo discurso y ninguna será más válida que otra.


Aquí, el principio de exclusión no existe. Al haber multiplicidad de interpretaciones, el propio discurso es siempre reactualizable y siempre tiene algo más que decir, ya que “la verdad” no está en el texto en sí, sino en quien se apropia de él. El ser humano le da sentido al texto, éste no tiene un sentido en sí mismo.

El poder del discurso

Un discurso que ordena, clasifica, incluye o excluye es una representación de poder, mismo que no es fácilmente detectado pero que está presente en todas las instituciones sociales reconocidas por todos, por lo que este poder es también avalado, tan sutil y tan cotidiano que ya forma parte de la “normalidad”, llegando incluso a rechazar cualquier otra forma de ordenar o clasificar que no esté de acuerdo con el discurso imperante.


Existen muchos ejemplos al respecto, pero sólo me enfocaré en tres que forman parte del pensamiento de Foucault: la religión, la educación y la sexualidad. En estos tres existen, a su vez, múltiples ejemplos de discursos que ordenan y clasifican lo que “debe ser”, lo permitido, lo reconocido y lo que tiene que ser excluido por no ser parte del orden del discurso.


En la religión siempre hay alguien poseedor de la verdad, el “iluminado” que dice a los demás cómo comportarse, el guía espiritual o representante moral que tiene una posición jerárquica avalada y que es una autoridad para descifrar lo que otros no son capaces o no pueden hacer.


Asimismo, la educación está llena de ejemplos. La figura de un profesor que posee la verdad y que la transmite a los alumnos que sólo pueden acceder a él. Un plan de estudios que establece lo que es valioso para ser estudiado y las estrategias de evaluación con base en las cuales se clasifican a los que saben más, a los que saben menos o a los que no saben. Socialmente hay todo un aparato de selección que establece incluso quién puede acceder a la educación y quién no, quién tiene derecho a ella y quién no.


En el ámbito de la sexualidad, se determina lo que son aberraciones y lo que es aceptado; convenciones sociales como el matrimonio en el que se reglamenta y legitima la sexualidad; rechazo de quienes tienen una preferencia sexual “diferente” es decir aquella que sale del orden del discurso.


Siempre puede decirse la verdad en el espacio de una exterioridad salvaje; pero no se está en la verdad más que obedeciendo a las reglas de una “policía” discursiva que se debe reactivar en cada uno de sus discursos. Cumplir con las reglas del discurso es estar incluido en él y por lo tanto estar dentro de “la normalidad”, “lo que está bien”, lo que es “aceptado” y “reconocido”. Por lo tanto, estar fuera del discurso implica también estar fuera del poder aunque no sé si esto es posible.


La crítica frente al discurso


Lo que sí es posible es tener una posición crítica hacia el discurso. La crítica analiza los procesos de rarefacción, pero también el reagrupamiento y la unificación de los discursos. A través de una posición crítica tal vez no logremos estar fuera del poder pero si podemos ser conscientes de él y plantear alternativas al discurso dominante.

Siguiendo el principio de voluntad de verdad que separa lo que es verdadero y falso, encontramos que la verdad está contextualizada, que depende de un momento histórico definido y que por lo tanto es modificable. La verdad del discurso no es inmutable ni está dada de una vez y para siempre, por lo que una posición crítica nos permite ver que no existe la Verdad sino que existen visiones, perspectivas diversas que pueden ser contradictorias pero que no se someten una a la otra.

Creo que es posible pasar de la Verdad a la multiplicidad de sentidos, que los seres humanos somos contradictorios y temerosos del mundo y que por ello nos obsesionamos en controlar el azar, el acontecer, lo que en definitiva no se puede controlar, se podrán conocer pero no controlar. El poder de tener la verdad absoluta y un orden que clasifica proporciona seguridad, estabilidad, pero siempre se debe ser consciente de que sin una posición crítica se corre el riesgo de dominar, de castigar, de destruir. La única forma de construir es reconociendo la multiplicidad de sentidos, de perspectivas, reconociendo en una palabra al otro.


La variedad y multiplicidad de sentidos nos permite abrir caminos diversos hacia una relación con lo que nos rodea, una relación constructiva y no destructiva, considerando siempre que la universalidad de un solo sentido no existe.


© 2008 Alma Ramírez Iñiguez

[1] Las citas textuales de "El orden del discurso" estarán en cursivas.

Un mundo sin cabeza

Caos y sólo caos! Eso es lo que nos caracteriza, y no me refiero precisamente a las guerras, la hambruna, los desastres naturales o el calentamiento global del planeta que forman parte del mismo, me refiero al caos de nuestras cabezas, ese que temporalmente ordenamos y que ingenuamente creemos controlar.


Este caos no tiene juicio de valor o moral alguno, simplemente nos hace ser complejos a la vez que interesantes, y hace que este mundo no tenga cabeza sino sólo almas que deambulan con sus propias crisis, mismas que las hacen detenerse, pensar, sentir, seguir y regresar al caos interminable.


Es así que he creado este blog con el único propósito de compartir el orden que algunas veces pongo al caos a través de mis pensamientos y de escuchar las voces de otras almas caóticas que al igual que yo tienen mucho que decir.